Al parecer todo comenzó cuando tenía alrededor de cinco años, y mi papá me permitía que me acostara a la hora de dormir en su cama, con la condición de que le contara cuentos de dragones y águilas gigantes que atacaban a humanos que se defendían con espadas y flechas.   Estas historias tenían lugar en un período medieval que yo no conocería sino hasta muchos años después.  Mis hermanos menores siguieron la costumbre a la hora de dormir, sin embargo, ellos no narraban las historias, sino que mi papá repetía aquellas que yo había creado para él en el pasado.

Luego, en la adolescencia, dedicado profundamente a la escritura epistolar, elegía ese medio para comunicarme con aquellos que quería o que temía. Atesoraba hojas y hojas con pensamientos e ideas que no siempre entregaba, pero que me permitían ser libre, en un ambiente a veces hostil para un joven con mi sensibilidad en medio de una sociedad violenta.

Me había hecho ingeniero, como se esperaba de mí.  Sin embargo, un primero de octubre, un hombre que llevaba 15 años muerto con un relato que tenía 57 años, me sacaba del mundo rígido y fuerte de la ingeniería, para regresarme al mundo al que pertenecí siempre: el de las palabras.

Borges cambió mi vida el primero de octubre de 2001.

Tenía 27 años y estaba tomando un curso sobre cuento latinoamericano en Illinois State University. Si bien mi viaje a los Estados Unidos a comienzos del milenio tenía como objetivo aprender inglés y hacer una maestría en ingeniería industrial, las cosas no se dieron como las había planeado. Necesitaba tiempo para solicitar una beca en el programa de maestría en ingeniería y la opción más viable era estudiar literatura mientras trabajaba como maestro de español.

No era un terreno extraño para mí: siempre estuve rodeado por los libros que mi mamá, ávida lectora, ponía en nuestra biblioteca que crecía rápidamente. Era común verla sentada leyendo en un sillón, premiándose por haber terminado las labores del día. Así entonces, me anoté en  el curso sabiendo que, al tener escritores tan reconocidos como Cortázar, García Márquez y Borges, prometía que tendría al menos libros para comentar con mi mamá.

Comenzamos leyendo textos de Rubén Darío, Martí y Quiroga, hasta que llegamos a Borges. Nos enfocamos en algunos cuentos incluidos en Ficciones, colección publicada en 1944, año en que nació mi papá.  El primer cuento que leí fue “La forma de la espada”, el cual comencé leyendo con  poco interés. Sin embargo, la entrada al mundo borgiano fue cautivante desde el comienzo

Quedé sin palabras por la  belleza de la obra de Borges, que acompaño mi soledad en un país ajeno, en una disciplina nueva y en un momento de mi vida de cambios y desavenencias.  Decidí seguir leyendo sus cuentos, volverme un especialista y algún día convertirme en un escritor que lograra hacer sentir a otras personas lo que Borges me había hecho sentir a mí.  Sin embargo, las cosas fueron diferentes. No me convertí en un especialista en Borges, sino en algo más profundo: un fanático seguidor. Borges cambió mi vida porque me permitió ver en la literatura el “Aleph” y así mismo me di cuenta de que  el mundo de las palabras siempre había estado ahí.  Borges abrió las cortinas de mis 27 años de historia y me mostró cómo ya era un contador de historias.

El tiempo permitirá a mis hijos decidir la verdad de esta historia que les narro… Quizás en realidad el argentino no cambió mi vida, sino que creó un universo paralelo en el que yo ya no soy un ingeniero, sino un profesor de literatura. Por eso estoy aquí, buscando en mis relatos aquellos mundos paralelos que se han creado,  en la búsqueda, que bellamente describe Robert Frost  en su poema “El camino no tomado.”

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